¿Cuáles son los planes de EE. UU. para Venezuela?
Por: Anna Kowalczyk
Consejera Centro de Estudios en Política Internacional, U.Central
Si bien una intervención militar de Estados Unidos en Venezuela ha sido esperada desde hace ya varios meses, la rapidez y la precisión en la extracción de Maduro resultaron sorprendentes. La operación, presentada como una acción puntual de seguridad internacional y lucha contra el narcotráfico, combinó una dimensión militar con una estrategia mediática, pensada para demostrar que Washington es capaz de actuar cuando y donde quiere.
Sin duda, otras potencias mundiales la observaron con atención y, quizás, con envidia. Durante los primeros días de la invasión a Ucrania, en febrero de 2022, fuerzas especiales rusas realizaron varios intentos fallidos de capturar al presidente Volodímir Zelenski, y han fallado desde entonces.
La demostración de fuerza le sirve a Trump como presión: no solo para acceder a las reservas petroleras del país con las mayores reservas del mundo (y desplazar en su control a Rusia y China), sino también para enviar un mensaje geopolítico más amplio.
Sin embargo, más allá del espectáculo, es difícil imaginar un involucramiento mayor de EE. UU. en Venezuela o un intento serio de control del país. Trump y el movimiento MAGA, bajo el lema de “America First”, se han opuesto históricamente a cualquier intento de reconstrucción del Estado o de creación forzada de regímenes políticos, por ser procesos largos, costosos y con dudosos retornos políticos para Washington.
Unos pocos bombardeos y la extracción de Maduro no bastan para cambiar un régimen. El poder administrativo, coercitivo y político sigue en manos del chavismo. Cualquier reconstrucción del país o reemplazo efectivo de régimen exige, como advierten múltiples estudios sobre intervención extranjera, una estrategia de consolidación posconflicto que combine seguridad, política y desarrollo económico, algo que raramente ha existido tras intervenciones recientes en Oriente Medio y el Norte de África. Por ejemplo, investigaciones publicadas por la Harvard Political Review señalan que Estados Unidos, tras derrocar a Saddam Hussein o Gaddafi, fracasó en construir Estados estables justamente por la falta de un plan de paz y consolidación a largo plazo.
La experiencia reciente lo avala: en Libia, el asesinato de Gaddafi en 2011 derivó en una guerra civil prolongada; en Irak, la caída de Saddam Hussein dio paso a años de violencia sectaria y ocupación militar; y en Afganistán, la prolongada tentativa de reordenamiento institucional culminó con la retirada caótica de las fuerzas estadounidenses en 2021. La imposición de órdenes políticos estables ha sido la excepción, no la regla.
En este sentido, no es casual que la intervención en Venezuela se enmarcara simplemente como una operación de aplicación de la ley relacionada con la seguridad interna y de control de recursos de interés nacional. Trump, en sus primeras declaraciones, se distanció explícitamente de la oposición democrática venezolana y entabló conversaciones con el chavismo, una jugada que apunta a un objetivo inmediato. La relativa estabilidad en Venezuela probablemente se mantendrá mientras la élite en poder permanezca relativamente cohesionada. La estabilidad, aun imperfecta, resulta funcional, también para el mercado energético.
El futuro de la democracia venezolana depende exclusivamente de los procesos políticos internos de Venezuela. Es probable que la atención de EE. UU. se desplace hacia otros intereses estratégicos —Cuba, Colombia, México o Groenlandia—, ejerciendo presión desde lejos en lugar de comprometerse en esfuerzos extensos de reconstrucción democrática. Bajo este gobierno, es difícil imaginar una acción sostenida y genuina en favor de la democracia o los derechos humanos en Venezuela.