La paradoja del liderazgo tóxico y la eficiencia económica
Por: Patricio Yuras Maltés
Director Ingeniería en Administración de Empresas, U.Central
La literatura contemporánea en liderazgo ha documentado de manera consistente los efectos negativos de estilos considerados tóxicos, expresados en autoritarismo rígido, microgestión, falta de escucha, uso instrumental del poder y decisiones unilaterales. Estas formas de conducción deterioran el clima laboral, incrementan el desgaste emocional y debilitan el compromiso organizacional (Tepper, 2000; Einarsen et al., 2007). Sin embargo, persiste una paradoja: pese a la evidencia, estos liderazgos continúan siendo tolerados —e incluso valorados— cuando logran imponer control y asegurar resultados financieros en el corto plazo.
Esta aceptación responde a una racionalidad instrumental que privilegia la eficiencia económica por sobre consideraciones éticas, humanas y de sostenibilidad. El problema no reside únicamente en el líder individual, sino en marcos culturales y simbólicos que legitiman estas prácticas. En contextos competitivos, el liderazgo tóxico suele reinterpretarse como fortaleza o capacidad de “tomar decisiones difíciles”, normalizándose cuando es funcional al rendimiento inmediato (Kellerman, 2004).
Desde la racionalidad limitada, Simon (1947) advierte que muchas decisiones se justifican a posteriori por sus resultados, más que por los procesos que las originan. En esa lógica, el éxito económico opera como mecanismo de legitimación, invisibilizando los costos humanos mientras los indicadores se mantengan positivos (Pfeffer, 2018). En el contexto chileno, esta primacía de la “línea final” ha sido criticada como parte de una cultura organizacional cortoplacista, donde el éxito justifica los medios (Yuras, 2023).
No obstante, la evidencia muestra que los costos emergen en el mediano plazo: rotación, ausentismo, deterioro de la confianza y pérdida de capital humano (Tepper, 2017). Enfrentar esta paradoja exige ampliar los criterios de evaluación del liderazgo, fortalecer la gobernanza ética, reducir impunidad jerárquica y visibilizar los costos ocultos del autoritarismo. Ningún resultado financiero justifica, a largo plazo, la erosión del tejido humano y organizacional.