TVN, ¿Televisión Pública de verdad?

TVN, ¿Televisión Pública de verdad?

Podemos sentenciar que TVN es “culpable” de intentar reflejar a Chile en toda su diversidad y de conectar ya por años a los chilenos en todo momento y lugar; pero es “inocente” del estrecho, inviable y agotado modelo de televisión que como sociedad le hemos brindado.

Las transformaciones de la era digital representan grandes oportunidades para el desarrollo de la televisión, pero también encarnan nuevos desafíos, como aquel, que todos los canales nacionales deberán transmitir el 100% de su programación en digital y alta definición a partir del año 2020.

Desde sus inicios, mucho se ha discutido acerca del modelo y el rol público de Televisión Nacional de Chile. La aprobación de la ley 21.085 que entra en vigencia a contar del 03 de mayo próximo, estableció que TVN dejaba de ser una “Corporación” y pasaba a ser una “Empresa”; y no de cualquier tipo, sino una empresa pública que para cumplir su proyecto televisivo debe utilizar las herramientas aplicables al sector privado y, por ende, competir no sin dificultades con grandes actores en el ámbito nacional y con la TV de pago y las exitosas nuevas plataformas de TV on line, en el plano global.

¿Se justifica hoy en día una televisión pública como TVN? En mi opinión, la respuesta es categóricamente Sí. Es insoslayable que en un régimen competitivo y abierto, la televisión pública ha de ser la garantía de un sistema de comunicación para todos sin exclusiones, debiendo además, ser el contrapeso del gran proceso de concentración del mercado de las comunicaciones, donde convergen actores del sector financiero, de las telecomunicaciones y de los mass media. En líneas generales, la tv pública se dirige al ciudadano y la tv comercial al consumidor.

En la nueva era digital, la televisión pública es clave para facilitar el acceso a servicios de información y bienes culturales a la totalidad de la población, en tanto, es una poderosa herramienta educativa y para difundir los instrumentos del sistema de seguridad y protección social. Por otra parte, es imprescindible al momento de garantizar los valores clásicos de las políticas democráticas de comunicación (libertar de expresión, pluralismo, acceso e identidad), constituyendo un límite a la poderosa influencia y manipulación sobre la audiencia de muchos medios de comunicación –que en opinión del jurista Gregorio Peces-Barba- “sirven a los intereses de sus propietarios”.

Abrazando la idea que una televisión pública es necesaria, es dable preguntarse ¿Debe seguir funcionado este modelo de televisión, tal como está? La respuesta categóricamente es No. En la práctica, llegó el minuto de sincerar esta discusión, abrir el debate, y hacernos cargo con serenidad que el modelo de TVN, tal como está, no da para más y que si no fuera por el subsidio estatal hace rato hubiese quebrado y cerrado sus transmisiones.

Para nadie es un misterio que TVN no supera el reto de la calidad en sus contenidos, y tampoco es capaz de autofinanciar su operación, es decir, es un proyecto sin rumbo y con duras dificultades para llegar a fin de mes, cuyas pérdidas solo en el 2017 alcanzaron a la suma de $8.980 millones. TVN solo ha podido subsistir gracias al subsidio permanente del Estado, que cada cierto tiempo con la anuencia del Congreso aprueban, a modo de “capitalización” o “salvataje”, la inyección de cuantiosos recursos frescos para TVN, en circunstancias que su pasivo, engorda robustamente y sin frenos. Sin ir más lejos, la citada ley 21.085 con el fin de asegurar su sobrevivencia, le entregó un aporte extraordinario de capital por US$65 millones para asegurar su subsistencia durante el 2018.

En consecuencia, es hora de alcanzar un consenso país, que parta por el reconocimiento de la necesidad de una verdadera televisión pública chilena en la era digital. Este pacto debiese incluir, como paso previo, la absorción de la deuda de TVN por parte del Estado, (según estudios asciende a US$70 millones) pues solo con el saneamiento de sus cuentas, TVN podrá hacer frente a la nueva etapa llena de desafíos. Un financiamiento de origen compuesto parece ser lo más adecuado, formado por presupuesto limitado, sobrio, y acorde a su realidad, con una base de ingresos provenientes de la Ley de Presupuestos, la publicidad y los ingresos procedentes de las actividades comerciales e industriales.

No se trata de un simple upgrade institucional, sino una revisión profunda de su modelo de televisión pública, y elementos centrales de su Plan Estratégico Corporativo, tales como: nueva misión, visión y valores; nuevo sistema de financiamiento estable; nueva parrilla programática, nueva política de producción digital; nuevo marco regulatorio que recoja necesarios cambios normativos, con un nuevo Gobierno Corporativo, paritario, diverso, plural y con estándar OCDE, que supere el obsoleto modelo binominal de administración actual; y uUna nueva Política de Calidad.

Desde luego, el reto de la calidad, es el sello más relevante y diferenciador al que debe aspirar TVN, pues la homogeneidad es el rasgo más notable del comportamiento programático de la televisión en condiciones de competencia, siendo la oferta de la televisión pública cada vez más parecida a la de la televisión privada. En consecuencia, TVN debe propender a que su objetivo consista en generar una marca del país hacia todo el mundo, y lo haga desde el convencimiento que produciendo contenidos de calidad con acento chileno será la mejor forma de conseguirlo. Ha llegado el tiempo de dejar atrás la obsesión por la competencia con canales privados en la conquista del rating y el mercado nacional, es hora que TVN produzca lisa y llanamente televisión chilena de calidad para Chile y el mundo.

Así pues, podemos sentenciar que TVN es “culpable” de intentar reflejar a Chile en toda su diversidad y de conectar ya por años a los chilenos en todo momento y lugar; pero es “inocente” del estrecho, inviable y agotado modelo de televisión que como sociedad le hemos brindado.

Columnas