De acuerdo con la División de Prevención y Control de Enfermedades del Ministerio de Salud (Minsal), septiembre marca el inicio de una compleja tendencia porque aumenta la tasa de suicidios, que alcanza sus niveles más altos entre diciembre y enero.
Este preocupante fenómeno, conocido en el ámbito clínico como la «primavera gris», combina desencadenantes biológicos, alteraciones del sueño y una fuerte presión social.
Factores biológicos: el impacto de la luz y el ciclo circadiano
El incremento brusco en las horas de luz solar afecta directamente el fotoperiodo y el ritmo circadiano. Según la psicóloga clínica Ariela Rebolledo (MindPlace Clínica Bupa Santiago), estos cambios en la señal lumínica modifican la producción de melatonina y serotonina, desestabilizando el estado de ánimo en personas vulnerables.
Renzo Menéndez, jefe de la Unidad de Hospitalización Psiquiátrica de Clínica RedSalud Vitacura, explica que la llegada de la primavera impone la exigencia social implícita de sentirse bien, socializar y mostrarse activo.
La presión social de sentir optimismo
Para una persona con depresión, la imposibilidad de «subirse al vagón del optimismo colectivo» genera una intensa frustración, intensificando el sentimiento de fracaso y profundizando el aislamiento. En Chile, además, este periodo coincide con evaluaciones académicas, mayor exigencia laboral y presiones económicas de fin de año, afectando de manera especial a los adolescentes.
Asimismo, el aumento de temperatura y las modificaciones en el descanso físico suelen generar mayor irritabilidad e impulsividad. A esto se suma la llamada paradoja de la primavera: durante el invierno, una depresión severa genera falta de motricidad y energía para actuar. Sin embargo, en primavera la energía física y la activación motora se recuperan antes que el alivio emocional, creando una peligrosa combinación de activación física con desesperanza persistente.
