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Lo que una mascota le enseña a un niño sobre el amor

Los animalitos como perros y gatos o cualquier otra mascota, ofrecen a niños y niñas una compañía que no encuentran en ningún otro lado, la de un ser que los espera, que no juzga y que no exige explicaciones. Para un niño, una mascota es mucho más que un juego o una responsabilidad menor. Es, casi siempre, su primer vínculo incondicional.

Con el tiempo, se convierten en confidentes silenciosos. Un niño que tuvo un mal día en el colegio quizás no encuentre las palabras para contárselo a sus padres, pero sí se acuesta junto a su animalito de compañía y lo abraza. Ese gesto simple es contención pura, un cuerpo tibio que no pregunta nada y que, sin embargo, calma.

Las mascotas también enseñan afecto de una manera que ningún discurso logra. Dar de comer, cuidar, esperar, notar cuando el otro está triste o enfermo, todo eso lo aprende un niño casi sin darse cuenta, mientras juega con su mascota. Es una escuela de empatía que empieza mucho antes de que puedan explicarla con palabras, y que después se traslada a sus vínculos con otras personas.

Pero hay otro lado, el que ninguna familia quiere enfrentar y que, tarde o temprano, llega, esto es la muerte de la mascota. Para muchos chicos, es el primer encuentro real con la pérdida. No es un personaje de un cuento ni un pariente lejano, es el compañero de todos los días, el que dormía en su cama o lo esperaba en la puerta.

Ahí surge el verdadero desafío para los padres, que no es evitarles el dolor, algo imposible, y tampoco deseable, sino acompañarlos a atravesarlo. Minimizar la pérdida con frases como «total era un perro» o «te compramos otro» suele hacer más daño que generar una ayuda: le transmite al chico que su tristeza no es válida. En cambio, nombrar lo que pasó, permitir el llanto y armar un pequeño ritual de despedida, una foto, un dibujo, un lugar especial en el jardín, ayuda a procesar el duelo de una forma sana.

Distintos especialistas coinciden en que ese primer duelo, bien acompañado, se convierte en una herramienta emocional para toda la vida. El niño que aprendió a despedirse de su mascota con el apoyo de su familia estará mejor preparado para enfrentar, más adelante, otras pérdidas mucho más complejas.

Al final, lo que una mascota le deja a un niño no se mide en los años de compañía, sino en lo que le enseñó mientras estuvo, a querer sin condiciones, a cuidar de otro ser vivo y, también, cuando llega el momento, a decir adiós. Y eso, aunque duela, es un regalo que dura toda la vida.

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