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Israel y el mito del expansionismo: una revisión desde la economía y la política

Por: Rodrigo Carrasco Gaubert Académico de la Facultad de Economía, Gobierno y Comunicaciones, U.Central

En el debate público —y con creciente frecuencia en conversaciones cotidianas— se ha instalado la idea de que Israel respondería a una lógica expansionista. La afirmación circula con naturalidad, muchas veces sin mayor cuestionamiento, como si se tratara de una explicación suficiente para entender un conflicto complejo. Sin embargo, al observar con algo más de detención, esa lectura comienza a mostrar zonas que, al menos, merecen ser revisadas.

Este texto no busca negar los conflictos existentes ni relativizar sus consecuencias, sino examinar si la idea de expansionismo logra sostenerse cuando se consideran los incentivos y restricciones que enfrenta el Estado de Israel. Más que asumir una intención, la pregunta es si existen —o no— las condiciones económicas y políticas que harían plausible ese tipo de proceso.

Desde el punto de vista económico, la hipótesis resulta poco evidente. A diferencia de los casos históricos en que la expansión territorial estuvo asociada al control de recursos naturales, la economía israelí se ha desarrollado sobre una base distinta: conocimiento, innovación tecnológica y servicios avanzados. Con niveles de inversión en investigación y desarrollo cercanos al 5% de su producto —entre los más altos del mundo—, y una fuerte inserción en redes globales de innovación, su crecimiento parece apoyarse en factores que no requieren expansión territorial.

En el plano político, la idea de una vocación expansionista sostenida también enfrenta tensiones. Israel opera bajo un sistema democrático competitivo, con alta fragmentación y gobiernos que dependen de equilibrios entre múltiples fuerzas. En ese contexto, sostener en el tiempo proyectos de gran escala no solo requiere voluntad, sino condiciones políticas que no resultan evidentes.

A ello se suma una característica institucional poco habitual: Israel no cuenta con una constitución codificada en un único texto, sino que se organiza a partir de leyes fundamentales que han ido configurando su marco político. Esta estructura refuerza la centralidad de los equilibrios y hace más compleja la consolidación de orientaciones sostenidas en el tiempo.

Más que asumir la existencia de una voluntad expansionista, el desafío consiste en examinar si están presentes los incentivos, las restricciones y las condiciones que históricamente han hecho posible ese tipo de procesos. Incluso en un plano más simbólico, la idea de expansión tampoco aparece como evidente: la historia y la geografía parecen haber operado más como referencias de delimitación que como impulso de continuidad territorial. En un contexto donde ciertas explicaciones tienden a instalarse con rapidez, detenerse en esas preguntas no implica relativizar los conflictos, sino intentar comprenderlos con mayor precisión. Porque, a veces, lo que parece evidente en la superficie pierde solidez cuando se lo observa con algo más de cuidado».

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