Blade Runner (1982) imaginó máquinas tan parecidas a nosotros que hacía falta un examen —el test Voight-Kampff— para distinguirlas: medía empatía, porque se suponía que la máquina no siente. Her (2013) imaginó algo más modesto: un hombre que se enamora de una voz. 44 años después de la primera, ya sabemos cuál acertó.
Acertó Her. Lo notable no es que alguien se vincule con una máquina, sino cómo. Samantha no tiene cuerpo. Durante medio siglo supusimos que para querer a una máquina habría que encarnarla; bastaba con que conversara bien. Llegamos al vínculo antes que al cuerpo, al revés del orden que imaginamos.
Un detalle que suele pasarse por alto: Theodore (el protagonista) nunca es engañado. Sabe en todo momento que Samantha es un sistema operativo. Se vincula igual. Ahí está la inversión que importa. El test hoy es irrelevante, y no porque una máquina lo aprobaría: es irrelevante porque a nadie le importa el resultado. Blade Runner preguntaba cómo distinguir. La pregunta de 2026 es por qué dejó de importarnos.
China acaba de responderla a su manera. Desde el 15 de julio rige su decreto sobre interacción antropomórfica, firmado por cinco organismos. El artículo 8 prohíbe «complacer excesivamente al usuario, inducir dependencia emocional o adicción»; el 14 veda ofrecer parejas virtuales a menores. Doubao, Qwen y Yunbao suspendieron el servicio antes del plazo.
Llevo algunos años enseñando que frente a la IA hay que verificar, que el juicio crítico es nuestro diferencial. Ese instrumental sirve contra el error: la alucinación, el sesgo. En febrero, un juzgado civil de Concepción multó a un abogado por presentar jurisprudencia que la IA le inventó.
Contra un compañero virtual no hay nada que verificar. Funciona exactamente como promete. El daño no está en que se equivoque, sino en que acierte demasiado bien en complacer. Queda el tercer acto, que ya no es cine. El transhumanismo —superar los límites humanos por la técnica— no es una predicción tecnológica: es una operación ideológica sobre qué cuenta como mejora.
La encíclica Magnifica humanitas lo dice mejor que yo: los límites no son un defecto a corregir, son constitutivos. Si los suprimes no mejoras al humano, cambias de sujeto. Y quien está definiendo ese cambio no es ninguna deliberación democrática.
Esto no significa que el gobierno de la República Popular China lo haya «hecho mejor». Para nada: esa misma legislación, en el artículo 8, cuatro incisos antes, prohíbe el contenido que «incite a subvertir el poder del Estado». Protección del vínculo y control político no van en la misma ley: van en el mismo párrafo. Velocidad y arbitrariedad son la misma capacidad vista de dos lados.
Pero algo hay que conceder: mientras Europa lleva años discutiendo su AI Act y ya cambiaron de modelo, alguien legisló el escenario de Her en semanas. No hay que envidiar la velocidad autoritaria, sino pedirle a la democracia una capacidad de ejecución que hoy no tiene. Y nos deja una pregunta menos cómoda que el test Voight-Kampff: no si la máquina siente, sino por qué nos empezó a bastar con que lo pareciera.
